Ardiente espera de mis ganas de fundirme con tu deseo. Cómo no extrañar tu carne dulce y tibia entre mis manos.
Fuiste el mago que me abrió un mundo desconocido y rebosante de una intensidad gloriosa, casi celestial.
Dios estuvo presente en cada uno de nuestros pequeños milagros, y si Él te puso en mi caminar, fue porque tenías que completar la tarea de formar a esta mujer que hoy clama en un lecho frío sin tu fuego.
Qué niebla espesa nos separa, dulce pecado que quiero repetir hasta el infinito. Qué pesa sobre mi alma que no me libera de tus caricias y tus besos.
Dulce tortura. Ojos ciegos de recuerdos y llenos de imágenes que el tiempo diluirá. ¿Mi mente será capaz de sacarte de mi cuerpo?
Pies fríos que ya no saben hacia dónde ir, porque solos llegaban hacia ti. ¿Dónde quedaron tus dedos perfectos?
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