Te llama cada parte de mi cuerpo. No hubo quien manejara tan magistralmente mi pasión arrebatadora y sin prejuicios. Ahora te veo tan lejano, y debo reprimir el deseo que tenerte mil veces más.
¿Qué embrujo se apoderó de mi alma cuando me miraste por primera vez?
Mi columna se estremece al recordarte sobre ella; se encorva y estira, como si reptara sobre esta fría piedra en la que convertiste mi cama.
Fuimos uno en nuestra burbuja perfecta. Fui testigo de que el mundo puede tener horas de perfección divina, y que Dios nos regala trozos de eternidad.
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